Racismo y ciencia

Desde hace unos meses estoy leyendo el libro “La falsa medida del hombre”, del gran divulgador Stephen Jay Gould. Lo que más me ha sorprendido ha sido la gran cantidad de estudios que se han hecho a lo largo de la historia para demostrar que la raza blanca nórdica era la más inteligente, la superior, de manera que se pudiera crear un orden social en base a eso.

Estos trabajos fueron parte del llamado racismo científico, usando distintas disciplinas como la antropología, la antropometría, la craneometría, entre otras del mismo tipo, que intentaban clasificar las poblaciones humanas en razas discretas las cuales tenían que ser superiores o inferiores entre ellas. Su usó se alargó desde finales del siglo XIX hasta la 2ª Guerra Mundial, a partir de la cual fue desacreditada y considerada una pseudociencia . Sus bases son antiguas, encontrando referencias en las civilizaciones griegas y romanas, así como en Carl Von Linné (con la descripción de cuatro subespecies de humanos) o Georges Cuvier (el cual creía en el poligenismo y distinguía tres razas), pasando por Voltaire, Kahn, Hegel y, obviamente, Schopenhauer. Cabe decir que la influencia de la religión cristiana es muy importante en la base de esta pseudociencia.

La definición de racismo científico es el acto de justificar las desigualdades entre grupos naturales de personas por medio de la ciencia, y aparece como la unión de la creencia de la clasificación progresiva de las distintas poblaciones humanas y del hecho que la ciencia otorga un conocimiento que no se puede desautorizar.

Todos los trabajos empiezan por defender la existencia de distintas razas de humanos (incluso, en algún caso, de distintas especies, como creyó Darwin) y que hay algunas más evolucionadas que otras, siendo la raza blanca/caucásica/europea la más evolucionada, lista y civilizada de todas. En un principio se creyó en el origen por separado de las razas humanas, el llamado poligenismo, liderado en estados unidos por Louis Agassiz), pero con los años fue tomando fuerza la teoría del monogenismo (debido a la aparición de “El Origen de las Especies” de Charles Darwin), u origen único de las razas humanas. Así, se consideraba que la especie había evolucionado progresivamente hasta llegar a su clímax (la especie humana). Para esto se valoraban distintos tipos de factores y características: organización social, civilización, lenguaje, estructura de la cara, color de la piel, lugar donde se vivía, tamaño del cerebro, etc. De esta manera se declaró que la raza negra era la más primitiva (principalmente la raza negra australiana), seguida de la americana, la amarilla u oriental, y finalmente la blanca.

En este sentido, muy influyentes fueron en Estados Unidos los trabajos de Samuel George Morton, anteriores al libro de Darwin, sobre craneometría, el cual quiso demostrar que las raza nativa americana era inferior a los colonos europeos que llegaron a América, así como también lo era la raza negra. También son destacables los trabajos de medición de cráneos de Paul Broca, posteriores a la aparición del libro de Darwin.

Pero sobre todo importantes y con consecuencias devastadoras fueron los trabajos de medición de la inteligencia por parte de los tests de inteligencia, hechos por H.H. Goddard, Lewis M. Terman y R.M. Yerkes, que “demostraron” que los negros era menos inteligentes que el resto de las razas, siendo los blancos los más inteligentes. De hecho, llegaron a diferenciar entre los blancos del norte y los del sur, siendo más inteligentes los blancos del norte (británicos, escandinavos, alemanes…).

Porque lo peor de todo de esta disciplina pseudocientífica no fue el hecho de que existiera: la sociedad occidental siempre ha tendido a ser una ególatra narcisista y estos trabajos lo ratifican; sino las consecuencias que tuvieron todos estos trabajos e investigaciones, estas creencias: esclavitud, colonialismo, imperialismo, políticas de inmigración, eugenesia, el HOLOCAUSTO. Todas esta ciencia ha sido un cáncer, por mucho que fuera lo que se creyera en esa época, porque ha provocado un número incontable de muertes, de humillaciones y de abusos a lo largo de muchísimos años (si partimos de las bases en las antiguas Grecia y Roma).

Por suerte, después de la 2ª Guerra Mundial, el ser humano se dio cuenta de que esto no podía seguir así, que todos somos seres humanos y que es éticamente erróneo pensar que alguien es mejor que otro por su color de piel, su morfología, o por lo que sea. Por este motivo, la UNESCO, en 1950, escribió la “Cuestión de las razas”, un manifiesto antirracista con el cual se quería convertir en mito la palabra “raza”, dejándola sin validez biológica. Hay un artículo interesante sobre la no existencia de las razas.

Desafortunadamente, el racismo científico sigue hoy vivo mediante ciertas publicaciones que han sido criticadas por seguir defendiendo las diferencias entre poblaciones, ahora apoyadas en datos genéticos. Algunas de ellas son “The Bell Curve” (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, “IQ and the Wealth of Nations” (2002), de Richard Lynn, y “Race, Evolution and Behavior” (1995), de J. Philippe Rushton, así como la revista científica “Mankind Qarterly”.

 

DH

 

Referencias:

Gould, S.J. (1981/1996) “La falsa medida del hombre”. Original: W.W. Norton & Company, New York. Versión española: Drakontos Bolsillo, Crítica S.L., Barcelona.

Moore, J.H. (2007) “History of Scientific Racism (Encyclopedia of Race and Racism, Volume 3)” Macmillan Reference, USA.

Wikipedia. “Scientific Racism”. Descargado el 14 de enero de 2014.

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