Sobre el origen de los unicornios

En esta quinta carta del abuelo Fe a Gaia, quiero agradecer los consejos y la revisión de Rafa, del blog Diario de un Copépodo, que han hecho que la historia se entienda mejor. ¡Gracias!

Como siempre, espero vuestros comentarios sobre la carta y sobre la temática. Creo que esta vez lo tendréis fácil 😉


“Querida Gaia,

Hubo una vez en la que los unicornios no tenían cuernos, y por eso no se llamaban unicornios. De hecho, se llamaban caballos antílope, porque tenían cuerpo de caballo y patas de antílope. De todos ellos, había uno que era especial: Mischief, un potro de color más claro del normal. Aunque la verdad es que Mischief no destacaba solo por su color: tenía un pequeño bulto óseo en su frente, protegido por una fina capa de piel.

Cuando Mischief creció, luchó con el macho alfa de su manada y perdió, de manera que fue apartado. Para evitar que se quedara solo, su madre le acompañó. Ambos se dirigieron al bosque, puesto que en los prados se encontraba su manada. Y allí se adaptaron al alimento que proporcionaban los arbustos y los árboles.

Con los años, más caballos antílopes se fueron uniendo a la manada de Mischief. Éste se ganó el liderazgo del grupo protegiendo a su madre de los machos recién llegados, pero dejándoles aparearse con las hembras que había.

Los caballos antílopes que vivían en los prados sabían cuándo tenían que migrar, ya que el pasto empezaba a escasear en otoño, pero en el bosque solía existir comida durante el invierno, de manera que la manada de Mischief empezó a quedarse allí todo el año.

Un invierno, la escasez súbita de comida provocó la muerte de casi toda la manada, incluida la madre de Mischief. Desesperado por encontrar comida, Mischief rascó con los dientes el musgo de la corteza de los árboles, de donde consiguió sacar los nutrientes justos. Los pocos supervivientes empezaron a hacer lo mismo, y así sobrevivieron ese invierno.

De hecho, así sobrevivió la manada de Mischief, ya que los años siguientes fueron igual de fríos. Año tras año, el grupo fue creciendo, comiendo musgo y corteza en invierno y bayas y hojas el resto del año. Mischief se reprodujo con la mayoría de las hembras de su manada, dejando como legado potros con su protuberancia, que cuando maduraron dieron lugar a más jóvenes con esta particular característica.

Y así, muchas generaciones pasaron. Los caballos antílopes seguían teniendo su vida nómada en los prados, aunque cada vez había menos, pues eran cazados por su sabrosa carne. Por su parte, los descendientes de la manada de Mischief se hicieron frecuentes en los bosques, dejando marcas de su presencia en las cortezas de los árboles.

Esos caballos que vivían en los bosques cambiaron a lo largo del paso de incontables generaciones más y, como todos eran descendientes de Mischief, tenían una protuberancia en la frente, mayor o menor dependiendo de cada individuo. Los machos empezaron a usarlos para sus peleas en la época de reproducción. Además, se fueron endureciendo, sustituyendo a los dientes en el rascado de la corteza para comerla y obteniendo mayores nutrientes en invierno. Cabe decir que los que presentaban las mayores protuberancias solían conseguir más alimento y ganar más peleas, de manera que se reproducían más.

Con el paso de muchos años y la desaparición de los caballos antílopes de los prados, la manada de bosque pudo recuperar los prados, donde se alimentaban en verano, mientras que en invierno volvían a los bosques. Su protuberancia ganó en tamaño hasta que se convirtió en un cuerno: óseo, largo y puntiagudo. Este aumento permitió un rascado aún más eficiente de la corteza de los árboles, los cuales también habían cambiado y ahora tenían una corteza casi tan gruesa como la longitud del cuerno, y unas peleas entre machos más violentas, que a menudo dejaban lesiones permanentes como la pérdida de un ojo o cicatrices que recorrían toda la cara.

Un día, unos exploradores humanos descubrieron a estos caballos y los llamaron unicornios, por su único cuerno en la cabeza. Mataron a unos cuantos y se llevaron sus restos para llevarlos a su rey Carlos Roberto I, el cual era un conocido coleccionista de rarezas del mundo natural.

Este rey tenía un erudito extranjero, llamado Russel Alfred, que lo ayudaba a catalogar sus especímenes según tenían origen animal, vegetal o mineral. Gracias a sus estudios, se ganaron la fama de ser los hombres más sabios del mundo. Honor que les hizo visitar todos los reinos conocidos resolviendo cuestiones sobre la naturaleza.

El rey y su erudito recibieron a los exploradores cuando llegaron y quedaron encantados con los huesos y los cuernos de distintos unicornios, así como con unas piedras de formas curiosas. Enseguida se pusieron a catalogar esas piezas y vieron algo que no les cuadraba: algunos huesos de unicornio eran muy parecidos a las piedras de formas curiosas.

Después de muchos meses, pudieron comprobar que otros huesos que ya tenían se parecían a algunas piedras también presentes en la colección. En el caso de los unicornios, pudieron reconstruir los esqueletos casi enteros, tanto con los huesos como con las piedras. El rey y su erudito se preguntaron si las piedras con formas de huesos, y que parecían formar también esqueletos, fueron antiguamente animales que murieron.

Lamentablemente no pudieron responder su pregunta, porque una traición en la corte provocó una revuelta que terminó con la muerte del rey Carlos Roberto I y la huida de Russel Alfred a su país de origen. Aunque antes de irse, se llevó los huesos de unicornios y las piedras que quizá antiguamente fueron animales.

El erudito se pasó el resto de su vida intentando descifrar el enigma de sus huesos y piedras. Se formuló innumerables cuestiones. Si las piedras realmente fueron los huesos de animales, ¿qué pasó con ellos? ¿Desaparecieron? Si las piedras se encontraron junto a los unicornios, ¿eran los huesos de unicornios antiguos? ¿Por qué eran diferentes? Si las piedras realmente estaban relacionadas con los unicornios, ¿cómo pudieron terminar siendo diferentes? ¿Qué mecanismos rigieron sus vidas para cambiar?

Todas esas cuestiones quedaron grabadas en dos obras tituladas “Sobre el origen de los unicornios”, que firmó con el nombre de su rey Carlos Roberto I, y “En la tendencia de los unicornios a separarse de las formas de las piedras”, que Russel Alfred firmó con su propio nombre.

Dos obras que pasaron a la historia e iniciaron una nueva visión de la vida y los seres vivos. Dos obras que están en poder de la madre de una joven que lee cartas de su abuelo. Bueno, no los originales. Bueno, quizá con un título un poco distinto.

Con cariño y amor,

Tu abuelo Fe.”

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3 comentarios el “Sobre el origen de los unicornios

  1. hola divulgador herbivoro. me ha gustado mucho tu carta. He descubierto de que I quien hablabas (reconozco que con alguna ayuda).Describes muy bien la evolucion de las especies y sus creadores, Charles Robert Darwin y su “discípulo Alfred Russell Wallace.
    Espero la próxima carta. Gracias por tu aportación a la divulgación cientifica

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    • me alegro que te haya gustado y que hayas entendido el concepto de la historia 🙂
      Solo te puntualizaré una cosa: Wallace no fue discípulo de Darwin, aunque ambos son los padres de la teoría de la evolución.

      Me gusta

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