Nadie canta en primavera

Sé que quizá es un poco tarde para una historia sobre la llegada de los pájaros en primavera, pero los pájaros que llegan en primavera se quedan en Europa todo el verano. Y es en estos lugares donde se quedan, que los ornitólogos llevan años documentando la llegada de los primeros individuos cada año.

Esto permite que al cabo del tiempo se puedan hacer comparaciones del momento de su llegada. Haciendo esto se ha visto que la fecha de llegada ha cambiado en algunas especies en el Reino Unido: se han adaptado a la tempranera llegada de la primavera; mientras que otras no lo han hecho y puede repercutir en su supervivencia.

Y no solo han visto eso, sino que algunas especies cada vez son menos numerosas (algunas con caídas muy fuertes), principalmente por pérdida de hábitat, tanto en sus lugares de hibernada como de veraneo. Esto provoca un mayor silencio en primavera, como explica el siguiente cuento.


Mamá me había enseñado todo lo que sabía sobre animales, principalmente cómo seguir sus rastros. Papá me había enseñado a diferenciar todos los sonidos, principalmente los cantos de los pájaros. Y yo, por mi cuenta, había aprendido el resto, principalmente las relaciones entre las especies.

Cada año teníamos la tradición de ir al sitio secreto de papá a ver los primeros pájaros del año. Los primeros pájaros que llegaban del sur. Esto también le servía a papá para mantener su racha de ser el primer ornitólogo del país en escuchar ciertas especies, entre las que había el ruiseñor.

Es cierto que el ruiseñor canta muy bien, pero nunca ha sido de mis favoritos. Llamadme raro, pero prefiero el canto del mirlo. Viendo un ruiseñor, sabes que cantará bien, pero viendo un mirlo parece que vaya a soltar un graznido como los cuervos y las urracas, hasta que te suelta una melodía dulce y bonita.

Pero volviendo al tema, papá quería oír el primer ruiseñor, como cada año, y llevarse el mérito. La verdad es que cada año le costaba más, pero lo conseguía. Y cada año volvía a casa menos contento con el mérito. Siempre supuse que era porque ya no le entusiasmaba el reconocimiento, le daba igual. Supuse que simplemente quería oír el primer ruiseñor.

rossinyol

Fotografía de un ruiseñor (Luscinia megarhynchos) cantando, por Noel Reynolds.

Francamente, yo no tenía esa ansia como papá. No podía focalizarme en solo un pájaro cuando había todo un abanico de especies alrededor. Y para no molestar a papá con preguntas sobre otros pájaros cuando estaba concentrado, me iba con mamá en la dirección contraria para buscar rastros de mamíferos.

Ese viaje que hacíamos los tres cada año era como una bendición, porque todos rompíamos la rutina, podíamos relajarnos y hacíamos lo que más nos gustaba. Pero año tras año, a medida que a papá le costaba más, se relajaba menos y terminaba siendo un suplicio para todos. Hasta que un día, mamá se plantó y le dijo que no podía ser. Que tenía que relajarse, porque es lo que hacíamos siempre que íbamos allí

Papá quiso replicar, pero se quedó mudo y empezó a llorar. Mamá y yo nos miramos, sin saber qué estaba pasando. Nos acercamos a él y lo abrazamos. Estuvo llorando durante media hora, tiempo que permanecimos abrazados a él. Fuera lo que fuera lo que le pasaba, llevaba mucho tiempo guardándoselo.

Cuando por fin pudo hablar, nos contó la verdad. Hacía tres años que no oía ningún ruiseñor en su lugar secreto. Nos decía que lo había oído para no amargarnos el viaje, pero llegó un momento en que no podía soportar no haberlo oído, de manera que lo pagaba con nosotros, con discusiones y broncas sin sentido.

No sabía que para él tuviera tanta importancia el ruiseñor, pensaba que era más una cuestión de competencia o algo así. Pero mamá lo entendió todo perfectamente, como hacía siempre: sabía interpretar el mensaje que había detrás de lo que decía papá. Tantos años juntos y se conocían el uno al otro mejor que nadie. Me supo mal por papá, por no haber sabido la importancia que tenía para él y yo también me puse a llorar.

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Fotografía de un macho de curruca capirotada (Sylvia atricapilla), una de las especies que ha adaptado su llegada en primavera al Reino Unido, hecha por Víctor.

Mamá se acercó a mí, mientras miraba a papá y este le hacía un gesto afirmativo con la cabeza. “Cariño”, me dijo, “para papá, el ruiseñor es una cuestión familiar: iba con tu abuelo cada año al mismo sitio a escuchar ruiseñores. Era el único momento en que podía estar a solas con tu abuelo y el momento en que le enseñaba a tu padre todo lo que sabe ahora”. Miré a papá y me sonrió. “Por este motivo quiero ir cada año, para que tú también aprendas y te envuelvas de esa atmósfera que tenía con mi padre”, siguió él. “Pero hace ya un tiempo que me he dado cuenta que cada vez oigo menos ruiseñores, hasta que hace tres años dejé de oírlos”.

Le pregunté a papá si en otros lugares sigue habiendo y me dijo que sí, pero no en su lugar secreto, no en el lugar secreto de mi abuelo. Luego mamá me contó que no solo pasa con el ruiseñor, sino que otras especies están desapareciendo, mientras que otras han cambiado el momento de llegada. Todo como resultado del cambio climático y la pérdida de hábitat.

“Tu abuelo leyó un libro que se llama ‘Primavera silenciosa’, de Rachel Carson, y tenía miedo de que llegara un día y no cantaran los ruiseñores”. “Y por eso vas cada año al mismo lugar cuando llegan los ruiseñores”, terminé yo. Papá y mamá afirmaron. Lo entendí todo y volví a llorar, esta vez por el abuelo, por papá y por los ruiseñores.

Hace ya tiempo que papá murió, pero cada vez que visito nuestro lugar secreto pienso en esa historia. Porque esa historia me marcó, me prometí ayudar a los ruiseñores, me hice biólogo e hice el doctorado en especies migradoras y su relación con el ambiente. Y conseguí que volvieran los ruiseñores. Ahora es mi hijo el que pregunta por qué lloro. Le contesto que porque oigo ruiseñores.

DH

Para más información:

Croxton, P.J. et. al. 2006. “Trends and temperature effects in the arrival of spring migrants in Portland (United Kingdom) 1959-2005”. Acta Ornithologica 41(2): 103-111.

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