¿Por qué vives aquí?

Ésta es la penúltima carta del abuelo Fe a Gaia. En esta ocasión, vuelvo a agradecer la revisión a Isa, de MAB, que me ha hecho corregir algunos errores.

Considero que esta carta no será difícil de descifrar, así que, aunque sea verano y poca gente esté pasando por aquí, espero vuestros comentarios con las respuestas. Será la penúltima oportunidad que tengáis.

“Querida Gaia,

Hubo una vez que dos plantas se amaron. Se conocieron siendo muy jóvenes, tan solo tenían una o dos hojas y habían nacido a la sombra de sus padres. Desde pequeñas tuvieron que esforzarse por crecer, pues la competencia era muy alta y les llegaba muy poca luz, ya que los adultos la captaban toda.

Un día, descubrieron que si unían sus raíces, podían conseguir más nutrientes. Así consiguieron crecer más rápido que sus congéneres. Poco a poco fueron ganando altura, desarrollando hojas y profundizando sus raíces trenzadas. Sus cortezas ganaron consistencia, robustez y anchura. Se convirtieron en unos preciosos árboles.

Consiguieron llegar a la zona donde tocaba el Sol y sus padres se mostraron orgullosos de cómo habían crecido sus hijos. Allí arriba pudieron observar por primera vez el lugar donde vivían, más allá de los árboles cercanos. Todo era verde y plano, hasta el horizonte. Cruzando el bosque, había una lengua plateada de agua que brillaba y se reflejaba en los árboles de la otra orilla.

Ambas plantas siguieron creciendo. Desde hacía un tiempo, habían empezado a notar temblores frecuentemente, aunque el único efecto visible era que la lengua de agua cada vez era más grande. También notaron que algo intentaba separarlos, pero no se preocuparon, pues consideraban que su unión y su amor no se podían romper por nada del mundo.

Un buen día, una de las plantas despertó con flores en sus ramas. Unas flores blancas, preciosas, grandes, con el centro de color rojo oscuro y con un pistilo muy llamativo. Cuando la otra planta las vio, se sorprendió y empezó a sentir una emoción muy potente. No sabía qué le ocurría, pero algo en su interior le decía que estaba llegando el momento.

Al cabo de pocos días, la otra planta también floreció, pero con unas flores amarillentas y pequeñas, mucho menos espectaculares. Ambas se miraron, intuyendo lo que iba a pasar. Cuando empezó a soplar un poco de viento, la que tenía las flores pequeñas empezó a soltar un polvillo ocre, pero justo cuando estaba a punto de alcanzar la planta de flores preciosas, ocurrió el desastre.

Un terremoto barrió el bosque y levantó distintas partes del mismo. En el límite de una de las partes levantadas quedó la planta de flores llamativas. Abajo, quedó la planta de flores pequeñas. Ambas se pusieron muy tristes, sin entender lo que había pasado, pero comprendiendo que se habían separado para siempre.

Muchos años pasaron, la lengua de agua siguió creciendo hasta no dejar ver el bosque del otro lado y las partes levantadas se convirtieron en montañas. Los descendientes de ambas plantas crecieron arriba y abajo, pero haciéndose cada vez más y más diferentes en ambos lugares. Hasta que no se pudieron reconocer, pues eran especies diferentes. Incluso el clima cambió para ambos grupos, pues arriba empezó a hacer mucho más frío y las plantas se hicieron más pequeñas, aunque manteniendo unas flores preciosas, blancas, con el centro rojo oscuro.

Un día, llegó un hombre que se llamaba Alfredo. Visitando el bosque, se sorprendió sobremanera cuando vio las plantas de abajo: se parecían muchísimo a las que vivían en los bosques donde nació, al otro lado del océano. Le preguntó a su guía, un chico local llamado Ualass, que cómo podía ser:

  • Cuentan nuestras leyendas, que antes no existía la lengua de agua y que toda la tierra estaba junta. Quizá por esto tus plantas y las nuestras se parecen mucho.

Alfredo recordó que le habían explicado en el colegio que los continentes se movían y que podía ser lo que había pasado aquí. Reflexionó para sí mismo sobre si podía ser que la distribución de los seres dependiera del movimiento de los continentes. Ualass se encogió de hombros, sin entender lo que murmuraba el hombre.

Más tarde, visitaron las montañas nevadas. Ualass le contó que otras leyendas de su pueblo decían que antes todo era plano, pero que un día la tierra se levantó y nacieron las montañas, todas separadas entre ellas. En la primera que visitaron, Alfredo volvió a sorprenderse al observar una pequeña plantita: era parecida a las de abajo, pero de menor tamaño, con una flor blanca con el centro rojo oscuro.

No entendía cómo podían parecerse unas plantas tropicales y unas de zonas frías, pero lo que más le sorprendió fue que en todas las montañas había plantas pequeñas muy parecidas, pero diferentes entre ellas, siendo todas especies distintas. Además, en algunas cosas se parecían a las plantas del lugar frío y llano donde vivía actualmente con su esposa. Ualass le comentó que la planta era el emblema de su pueblo y Alfredo le explicó que los pelitos servían para proteger a las plantas del frío en el lugar donde vivía. Ualass lo miró, quieto, y le dijo:

  • Justamente esto es lo que dicen las leyendas de aquí respecto a nuestra planta.

Alfredo se quedó pensativo y ambos volvieron en silencio al campamento. Esa noche, el hombre no pudo dormir, pues siguió pensando en las plantas que había visto.

  • ¿A qué se debe que las plantas de un mismo lugar sean diferentes y las de lugares diferentes sean tan parecidas? ¿Por qué viven en estos lugares y no en otros? ¿Puede ser que el clima afecte, que limite de alguna manera? ¿Tendrán algún parentesco las plantas?

Mientras se hacía estas preguntas en voz baja, fue cerrando los ojos hasta que se quedó dormido. Sus preguntas quedaron en el aire el resto del viaje. Pero cuando volvió, las hizo a unos compañeros y empezaron a trabajar sobre el tema.

Con el tiempo, comprendieron que las reflexiones de Alfredo en la cama durante su viaje estaban muy cerca de la respuesta. Respuesta que no era precisamente que alguien las hubiera colocado allí, como bien debería suponer la chica que está leyendo esta carta.

Con cariño y amor,

Tu abuelo Fe.”

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