Sacrificios animales

Los humanos hacemos sacrificios. Por un motivo u otro, la gran mayoría de nosotros renunciamos a algo en favor de otros o de otra cosa. El amor, el dinero, la amistad, la religión, la política… Hay muchos motivos por los que nos sacrificamos.

Pero no somos los únicos que lo hacemos: hay animales que también se sacrifican en pos de una mayor supervivencia. Quizá no la propia, pero sí la de sus genes. Favorecer un mayor número de descendientes de un pariente o esperar una mejor oportunidad para reproducirse parecen ser motivos por los que los animales no se reproducen aunque podrían hacerlo.

Seguramente en este punto vienen a la mente los insectos sociales (abejas, termitas, hormigas), donde la mayoría de individuos son estériles y ayudan a la colonia criando las larvas que van naciendo y cuidando a la reina. Pero esto no a lo que me refiero con sacrificio: los individuos son estériles, de manera que no pueden reproducirse aunque quisieran. No tienen opción de escoger.

Un ejemplo claro de a lo que me refiero serían las poblaciones ibéricas de cornejas negras (Corvus corone). Estas aves forman parejas monógamas, como muchas otras aves, y sus polluelos abandonan el nido progresivamente hasta independizarse del todo. En la mayoría de las poblaciones europeas de esta especie, la independencia total se da a las dos semanas de haber abandonado el nido por primera vez. Pero no es lo que hacen los jóvenes de las poblaciones ibéricas.

Estos se mantienen en el territorio natal hasta los cuatro años. Mientras tanto, viven con sus progenitores formando familias (a veces con hasta nueve miembros) y ayudan en el cuidado de las nuevas crías, en su alimentación y en la defensa del nido contra intrusos y depredadores. Son individuos no reproductores que ayudan en la reproducción cooperativa. Pero, ¿a qué se debe?

Es curioso como un ambiente diferente provoca cambios comportamentales tan marcados como el observado en la corneja negra. Imagen de Nature England / Julian Dowse. https://www.flickr.com/photos/naturalengland/22192583788/

Es curioso como un ambiente diferente provoca cambios comportamentales tan marcados como el observado en la corneja negra. Imagen de Nature England / Julian Dowse

Pues al ambiente. Las poblaciones del resto de Europa, en invierno, se van de sus territorios para formar grandes bandadas que forrajean juntas. De esta manera, los jóvenes inexpertos se ven forzados a irse también. Pero en la Península Ibérica, los padres se quedan todo el año en el territorio, protegiéndolo, y los jóvenes inexpertos deciden quedarse porque así se aseguran el acceso a recursos.

Y el beneficio que sacan las cornejas de este comportamiento es que aumenta el éxito reproductor de los progenitores, pues hay más cuidados a los polluelos que les permiten sobrevivir más. De esta manera, los jóvenes sacrifican la reproducción pero aseguran la transmisión de gran parte de sus genes (pues son parientes cercanos y comparten gran parte del material genético). Es lo que se llama reproducción cooperativa y a la selección de este comportamiento, selección por parentesco.

La selección por parentesco y la reproducción cooperativa también se pueden encontrar en otras aves como el abejaruco frentiblanco (Merops bullockoides) o en mamíferos como la rata topo lampiña (Heterocephalus glaber). Ambas especies forman sociedades complejas en las que algunos individuos renuncian a la reproducción y ayudan a otros congéneres en esta faceta.

Esta renuncia, este sacrificio, también se puede encontrar en peces coralinos que forman sociedades complejas, como pueden ser el pez payaso (Amphiprion percula) y el gobio esmeralda (Paragobiodon xanthosomus). Estas sociedades están formadas por una pareja reproductora y un reducido número de individuos no reproductores, y están definidas por la jerarquía del tamaño: los individuos reproductores son los más voluminosos. Además, se da el caso, como en otros peces coralinos, que son hermafroditas y pueden cambiar de sexo.

Las ratas topo lampiñas son unos animales altamente sociales. Dejando de lado lo feas que son, están deparando muchas sorpresas a los científicos. Imagen de Mike Fisher. https://www.flickr.com/photos/bfs_man/6468268275/

Las ratas topo lampiñas son unos animales altamente sociales. Dejando de lado lo feas que son, están deparando muchas sorpresas a los científicos. Imagen de Mike Fisher

Pero lo que se descubrió estudiando estas dos especies es que la presencia de los no reproductores no afectaba al éxito reproductor de los individuos que se podían reproducir. Además, se vio que no eran parientes entre ellos, sino que habían llegado donde estaban desde su territorio natal siendo crías.

Entonces, ¿por qué no se reproducían si no eran parientes ni les ayudaban a tener más éxito? Tenía que haber algún motivo por el que la selección natural hubiera mantenido ese comportamiento. Y se encontró.

Por un lado, la selección a futuro, es decir, esperar sin reproducirse por el beneficio futuro de poder suceder al primer individuo reproductor que se muere. En este caso siempre era el individuo no reproductor de mayor tamaño el que ocupaba la vacante. Siguiendo la jerarquía por tamaño, la línea sucesoria también dependía del tamaño de los no reproductores.

Por otro lado, y tal y como se había observado en mamíferos y aves, las restricciones ecológicas (sean por alimento o por territorio) también favorecieron la existencia de los individuos no reproductores, aunque no tuvieran parentesco. Irse les hubiera expuesto a no encontrar otro sitio o a ser devorados (los territorios de estos peces les ofrecen protección frente depredadores).

Aun así, el beneficio futuro y las restricciones ecológicas no respondían a la pregunta de por qué los no reproductores esperaban para ser reproductores, en vez de luchar por ese lugar. La respuesta vino a través de las restricciones sociales, es decir, restricciones internas del grupo que reducen la ventaja reproductora.

Existen muchos casos, como la restricción por endogamia (es mejor aparearse con un congénere no pariente que con un pariente si eso aporta desventajas), pero en el caso de los peces coralinos la restricción viene dada por el tamaño: los no reproductores mantienen siempre una diferencia de tamaño concreta con los reproductores.

Los territorios de los peces coralinos, como estos peces payasos, suelen reducirse a una sola anémona o un solo coral, aunque es suficiente para protegerlos de los depredadores. Fotografía de Jan Messersmith. https://www.flickr.com/photos/boogieswithfish/434351239/

Los territorios de los peces coralinos, como estos peces payasos, suelen reducirse a una sola anémona o un solo coral, aunque es suficiente para protegerlos de los depredadores. Fotografía de Jan Messersmith

Si se parecen demasiado, los segundos echan a los primeros, mientras que si se mantiene la diferencia los dejan quedarse. Esto significa que la probabilidad de los no reproductores de ocupar el lugar de los reproductores a la fuerza cae a cero, mientras que si esperan a que el reproductor fallezca la probabilidad es considerablemente mayor.

De esta manera, los investigadores mostraron que la renuncia a la reproducción no solo puede venir por la selección por parentesco y por las restricciones ecológicas, tal y como se había visto en mamíferos y aves, sino también por la selección a futuro y las restricciones sociales.

Pero no todos los sacrificios tienen que ver con la reproducción. Recientemente se ha visto que el carbonero común (Parus major) es capaz de no alimentarse si no puede acceder a la comida, mientras su pareja sí lo hace.

Esto se ha visto mediante el uso de unos comederos cuyas puertas se abrían al reconocer un chip implantado en unos cuántos individuos de carbonero común. El reconocimiento se hacía mediante el número del chip (si era par o impar) y se colocaron en los dos miembros de diferentes parejas, algunas con el mismo número (comían en los mismo sitios) y otras mixtas (un miembro par y el otro impar, de manera que tenían que comer en sitios diferentes).

Fue en estas parejas mixtas donde se vio que los carboneros siempre iban juntos a comer, aunque uno de ellos no pudiera alimentarse. De esta manera, se confirmaron observaciones hechas en otras especies de aves y se dedujo que preferían buscar alimento juntas que ir por libre. Aun así, los individuos que no podían comer se las ingeniaron para hacerlo.

Seguro que algunos pueden llegar a confundir la renuncia del carbonero común a comer como un sacrificio por amor… Pero la verdad es que solo busca maximizar la transmisión de sus genes. Fotografía de Paul Ritchie. https://www.flickr.com/photos/thelizardwizard/5197535031/

Seguro que algunos pueden llegar a confundir la renuncia del carbonero común a comer como un sacrificio por amor… Pero la verdad es que solo busca maximizar la transmisión de sus genes. Fotografía de Paul Ritchie

Así de fuerte es el vínculo en estos pájaros que, como las cornejas negras y muchas otras aves, son especies monógamas y mantienen vínculos muy fuertes con sus parejas, capaces de no alimentarse en un momento dado para asegurarse que la pareja sí lo hace, aumentando las probabilidades de sacar con éxito una nueva nidada.

Pero hay un punto a tener en cuenta con estos ejemplos: siempre tiene que ver con la supervivencia y la transmisión de genes, la herencia, ya sea por un tipo concreto de selección o por otro. Por ese motivo podría ser mejor hablar de renuncia en estos casos, en vez de sacrificio, porque sacrificio parece mostrar una voluntariedad en la acción.

Aun así, quizá nuestros sacrificios tampoco son voluntarios (sea por altruismo, por amor o por pertenecer a un grupo), sino que puede que solo se trate de asegurar que nuestros genes perduran, siguiendo estos tipos de selecciones y restricciones. Eso sí, sería tan inconsciente para nosotros que no nos daríamos ni cuenta, tal y como sugiere Richard Dawkins en “El gen egoísta”.

DH

 

Bibliografía complementaria:

Buston, P.M & Wong, M.Y.L. 2016. “Animales que renuncian a la reproducción”. IyC 473: 76-84

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