Mi visión de la conservación

Hace tiempo que le doy vueltas a diferentes reflexiones que me he ido planteando acerca de la conservación. Reflexiones aisladas, que surgían en momento puntuales, pero que han ido calando en mi manera de entender la protección de las especies y los ecosistemas. Hasta que tengo tantas cosas pululando por mi cabeza que creo que hay que juntarlas.

Seguro que todo lo que digo ya lo ha pensado alguien y que quizá es la corriente principal entre los encargados de proteger y conservar la biodiversidad. Pero para mí son pensamientos que han ido aflorando con el tiempo, que han ido madurando y que es momento de plasmar.

Para empezar quiero destacar la importancia de la conservación de la biodiversidad, de estar protegiéndola ya y de no dejar de trabajar en ello. Estamos en un momento muy delicado para la vida del planeta, pero a la vez muy emocionante, porque pocas veces vamos a ser testigos directos de un proceso de extinción en masa como el que ya ha empezado.

Además, aunque muchas especies vayan a extinguirse, es de vital importancia dar a conocer todas las especies posibles que existen en el planeta, para concienciar y visualizar lo que se está perdiendo en estos momentos y lo que se perderé, así como de lo que se mantendrá sobre la faz de la Tierra.

Dicho esto, reconozco que no podemos proteger, conservar y salvar a todas las especies. No tenemos recursos ni fuerzas suficientes. Así que el Principio de Noé, esa necesidad moral que tenemos de proteger a todas las especies, debe dejarse de lado, no aplicarla. Personalmente, considero que la moral no debe jugar ningún papel en la conservación de las especies.

Noé ya no existe, así que tenemos que olvidarnos de él. Que solo nos acordemos de este personaje en obras como este fresco del Arca de Noé, de Aurelio Luini, en la iglesia de San Maurizio, en Milán. Fotografía de nisudapi. https://www.flickr.com/photos/41722301@N05/10220019915/

Noé ya no existe, así que tenemos que olvidarnos de él. Que solo nos acordemos de este personaje en obras como este fresco del Arca de Noé, de Aurelio Luini, en la iglesia de San Maurizio, en Milán. Fotografía de nisudapi.

Si no podemos proteger/conservar/salvar a todas las especies hay que hacer una selección. Escoger cuáles ayudamos y cuáles dejamos extinguir. Todas las especies son importantes, pero no podemos dejar que el mundo se nos venga encima cada vez que se extinga una, aunque sea por nuestra culpa.

Las especies han aparecido y desaparecido a lo largo de la historia de la Tierra. No viene de una menos y hay que pensar que aparecerá otra para ocupar su lugar. Aunque parece muy frío lo que digo, reconozco que me duele cuando oigo que una especie se está a punto de extinguir, así que aún me queda para conseguir aplicar esta frialdad. Y no hay que interpretar esto como un “bah, no protejamos nada, total ya habrá otra especie que la sustituya”, que conste, porque sería un pensamiento muy peligroso.

Hay muchos motivos distintos para escoger unas especies u otras, pero creo que centrarse en una especie en concreto puede ser un error. Creo que es más importante pensar en el ecosistema en su conjunto: si su desaparición puede suponer un debilitamiento o la caída de todo el ecosistema, si se pierde una función ecológica concreta, si tiene efectos en cascada… Eso implica un mayor conocimiento de las especies y de los ecosistemas, de sus relaciones, de sus interacciones. Un conocimiento del entorno más que necesario para la conservación de la biodiversidad.

Pero supongamos que tengo que decidir salvar una especie sin tener en cuenta el ecosistema en su conjunto. Los criterios de priorización que usaría serían, sin estar ordenados, la función en el ecosistema, la plasticidad y las probabilidades de éxito de las acciones que se lleven a cabo. Me explico:

  • una especie con una función redundante dentro del ecosistema sería menos prioritaria, puesto que habría otra que cumpliría ese papel en caso de extinguirse la primera;
  • una especie incapaz de poder afrontar de alguna manera el cambio climático caería puestos en la lista de prioridades, ya que la salvaríamos en las condiciones actuales pero volvería a estar amenazada a medida que cambiaran, de manera que sería un esfuerzo continuo e inútil;
  • si las acciones que se llevaran a cabo no pueden asegurar la supervivencia de la especie, es mejor no hacerlas y no malgastar recursos.
Un ejemplo de lo que quiero decir de las especies invasoras: el gato. Por mucho que no me guste este animal, me maravilla la capacidad de adaptación que tiene, capaz de vivir en ciudades, zonas rurales y de volver a sus instintos originales cuando retorna al estado salvaje. Es muy posible que el gato pueda dar lugar a nuevas especies en el futuro si sigue con su actual dinámica. ¿Podría llegar el caso en que un gato asilvestrado termine ocupando el nicho del lince? Fotografía de Ava Babili. https://www.flickr.com/photos/ava_babili/5315431676/

Un ejemplo de lo que quiero decir de las especies invasoras: el gato. Por mucho que no me guste este animal, me maravilla la capacidad de adaptación que tiene, capaz de vivir en ciudades, zonas rurales y de volver a sus instintos originales cuando retorna al estado salvaje. Es muy posible que el gato pueda dar lugar a nuevas especies en el futuro si sigue con su actual dinámica. ¿Podría llegar el caso en que un gato asilvestrado termine ocupando el nicho del lince? Fotografía de Ava Babili.

Referente al criterio de la plasticidad aparece una de las reflexiones más controvertidas que me he hecho, puesto que tiene que ver con las especies invasoras. Nadie puede negar que una especie que se convierte en invasora en otro lugar es una especie muy plástica, capaz de adaptarse y prosperar en un ecosistema diferente (aunque probablemente parecido al de origen). Quizá esto está relacionado con la hipótesis que postula que las especies invasoras han evolucionado en ambientes con mucha competencia y que en lugares con poca competencia estas son muy superiores a las especies locales.

Lo que quiero decir es que podría darse el caso que una especie introducida que se convierte en invasora puede dar lugar a una nueva especie que se integre en las relaciones de dicho ecosistema, modificándolo hasta llegar a un nuevo equilibrio. ¿Tendría entonces sentido seguir haciendo esfuerzos para erradicarla? ¿Valdría la pena tener una nueva especie, pero en un nuevo ecosistema? ¿Compensaría tener esta oportunidad a cambio de los daños que causaría al ecosistema tal y como lo conocemos?

De hecho, esto da pie a otra reflexión y es que queremos preservar los ecosistemas tal y como están o recuperar lo que había antes. ¿Por qué? ¿Por qué recuperar un ambiente que ya no está? ¿Por qué transformarlo en uno que era y no en uno que será? A veces, además, queremos recuperar un ambiente primigenio que no sabemos cómo era realmente.

Quizá un ejemplo de lo que quiero decir es el rewilding, que en Europa pretende conectar todas las áreas naturales para crear un continuo de naturaleza. Eso es aprovechar lo que hay y pensar en el futuro (aunque lo de recuperar especies que desaparecieron o ambientes que ya no existen es justo lo que creo que no habría que hacer).

Queremos recuperar lo que había antes o, al menos, mantener lo que hay ahora, ¿pero no habría que pensar en el futuro y prever cómo evolucionará una zona? Obviamente si hay un daño ecológico, se tendrá que reparar, pero el daño causado evitará devolverlo al estado primigenio, así que intentemos devolverlo a un estado apto para las especies, pero partiendo de lo que hay ahora y mirando cómo puede evolucionar en el futuro, sobre todo teniendo en cuenta el cambio climático.

¿Realmente es necesario reintroducir el bisonte europeo en los lugares donde se extinguió o recuperar el uro, la variedad salvaje que dio lugar a las vacas, toros y bueyes? ¿O es mejor aceptar lo que hay y facilitar su evolución natural? Fotografía de dos bisontes europeos de Cloudtail the Snow Leopard. https://www.flickr.com/photos/blacktigersdream/8443071889/in/photolist-dS5X7Z-aFRoHK-59ZhvM-qJyvV4-rnwWui-p22Uxw-dSBFsp-4D7tUk-pXefSW-pGLjeb-rcyo4N-nsW9S4-qeB7HR-4D7tWZ-qcuWNQ-oVjen2-oLc1JD-zELe65-2qzfW-atGFGo-dmQ5ES-4EyczK-dmQ2Rv-6BfHoc-dmQ2Uz-qeHTgC-dqtVoV-8t6BYB-ftE2m5-2qyq8-oYALKt-4Lomd8-8CBrbn-fYr5qw-4D7tRk-61Wzik-6jf716-axHttT-dfKVqp-9sezqB-aikiEc-fALQPF-f6bAYM-5N7G6y-2TAnnd-E4r81G-gPbTdU-Eh9uSX-4dVc8A-Hu18B

¿Realmente es necesario reintroducir el bisonte europeo en los lugares donde se extinguió o recuperar el uro, la variedad salvaje que dio lugar a las vacas, toros y bueyes? ¿O es mejor aceptar lo que hay y facilitar su evolución natural? Fotografía de dos bisontes europeos de Cloudtail the Snow Leopard.

También hay que pensar en las consecuencias futuras de nuestros actos para las especies. Si una especie está mejorando su estado de manera indirecta (o directa) debido a nosotros y ocupa el espacio de una especie que está empeorando por el mismo motivo, ¿por qué no favorecemos este cambio? ¿Por qué nos oponemos a esa transición por las ansias de querer mantener las cosas como son ahora? Si ambas especies son redundantes, ¿qué más da cuál viva?

La vida cambia, evoluciona, nunca es igual. ¿Por qué no aceptamos eso? ¿Por qué somos tan intervencionistas? Probablemente porque nos consideramos como unos seres por encima del resto de organismos. Tan por encima, que no nos damos cuenta de que nosotros mismos formamos parte de los ecosistemas y que mantenemos relaciones tróficas con los demás seres (incluso en las ciudades, que son un ecosistema más y no algo artificial alejado de la naturaleza, sino una forma nueva de naturaleza).

Así que quizá deberíamos vernos como castores: organismos que modifican su entorno y obligan a las demás especies a adaptarse a las nuevas condiciones. Es lo que se llama ingenieros de ecosistemas (los elefantes también manteniendo zonas abiertas en los bosques). Y no por ello estas especies son malas de por sí, simplemente tienen esta capacidad de modificar su entorno.

Pero no, tendemos a vernos como dioses, haciendo y deshaciendo (la mayor parte de nuestra historia deshaciendo) a nuestra voluntad, según cómo queremos nuestro entorno. Antes nos gustaba abusar de todo (y aún nos gusta), pero ahora también nos gusta poner las cosas como estaban antes, cómo si no se notara nuestra huella, algo imposible, porque casi todo tiene nuestra huella ya.

Presa construida por castores: ¿cuántos árboles habrán cortado? ¿Cuántos litros de agua de menos llegan a la parte de debajo de la presa? ¿Cuánta agua se habrá acumulado en la parte de arriba? Fotografía de Jeff Hudgins. https://www.flickr.com/photos/hutch1031/8353041827/

Presa construida por castores: ¿cuántos árboles habrán cortado? ¿Cuántos litros de agua de menos llegan a la parte de debajo de la presa? ¿Cuánta agua se habrá acumulado en la parte de arriba? Fotografía de Jeff Hudgins.

Queramos o no, somos agentes de cambio para los ecosistemas e, incluso, agentes evolutivos para las especies, así que mejor aceptar este papel modificador, pero no como deidades, sino como otra especie más. Pero ojo, aceptar este papel no significa ir modificando y dañando todo lo que encontremos por delante, que conste.

Además, un efecto de aceptar nuestro lugar sería entender que no hay nada infinito: ni los recursos ni nuestro crecimiento. Debemos ser conscientes de que tanta gente no es buena para nosotros ni para el planeta, que en algún momento habrá que parar de añadir y empezar a quitar (no quitar a la fuerza, por favor), y coger todo lo que queramos tampoco.

Quizá debemos empezar por este punto, porque menos gente, y encima concienciada, provocará un menor impacto en los ecosistemas y se podrá dejar avanzar la naturaleza por sí sola.

Quizá entonces aprendamos en qué momentos se puede actuar, no para restaurar o recuperar el pasado, sino para favorecer la transición a un nuevo ambiente, teniendo claro que no podemos llegar a todo.

Quizá entonces aprendamos cuál es nuestro auténtico lugar en este planeta. Solo espero que no sea demasiado tarde.

DH

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