El paso de la ciencia ficción a ciencia real

Imaginad que os cuentan que unos investigadores, españoles para más inri, pretenden compensar los daños causados por los seres humanos mediante pequeñas modificaciones en los ecosistemas más frágiles a partir del uso de organismos sintéticos. De esta manera se conseguiría mantener o recuperar la estabilidad de esos ecosistemas. ¿Suena a ciencia ficción, verdad?

Pues por muy sorprendente que parezca, hay unos investigadores de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona) que se lo plantean. Podéis saber quiénes son en el artículo de la revista Investigación y Ciencia (que, por cierto, celebra este mes sus 40 años: ¡felicidades!) publicado en junio de este año (Solé, R.V.; Montañez, R. & Duran-Nebreda, S. 2016. “Hacia una bioingeniería del planeta”. IyC 477, 42-48) o también en el artículo de la Agencia SINC “La bioingeniería podría salvar la biosfera frente al cambio climático“.

Es posible que, si no os llego a decir que realmente existe un grupo de investigación que propone esto, pensarais que os estaba tomando el pelo o que quería contaros una historia de ciencia ficción. Estoy seguro que os hubierais decantado por esta segunda opción si también hubiera dicho que a ese proceso de bioingeniería lo quieren llamar “terraformación”, un concepto totalmente vinculado a este género cultural, principalmente ligado a la conversión de Marte en una nueva Tierra.

Internet

Aunque ahora nos parezca muy normal, la ciencia ficción presentó por primera vez algo parecido a Internet a través del relato “Un lógico llamado Joe” (1946), de Murray Leinster. Imagen de Lourdes Muñoz Santamaria.

Precisamente esta confusión es uno de los puntos que ha hecho que la ciencia ficción pierda potencia en el último siglo. Sigue habiendo grandes escritores de este género, pero la manera de escribir y las temáticas han cambiado. La ciencia ficción era conocida por su carácter “predictivo”, por el hecho de que mostraba inventos, aparatos, transportes, incluso mundos, que no existían y que daban una sensación de futuro lejano.

Pero ahora, casi cualquier cosa que se pueda imaginar, sabemos que puede que llegue a existir en relativamente poco tiempo, de manera que ha perdido esa capacidad de maravillar al lector. Es más, ha perdido ese brillo de futuro prometedor y solo se muestran futuros negros, distópicos. Aun así, son futuros cercanos. Nadie se atreve a hacer “predicciones” de futuros lejanos.

Los ordenadores, los teléfonos móviles, las pantallas táctiles, Internet, viajar al espacio, relojes que son teléfonos… ¿Qué falta por hacer? Cierto, no han llegado los coches voladores, pero pronto tendremos algún tipo de coche sin conductor, pantallas plegables o hasta el “Internet de las cosas” (no es broma, esto existe: podremos controlar la temperatura de casa y descongelar el pollo desde el coche mientras volvemos después del trabajo).

Entonces, ¿por qué sorprendernos de que alguien quiera usar organismos sintéticos para modificar ecosistemas? Puede ocurrir, y va a ocurrir para evitar peores daños causados por el cambio climático.

isla de la Ascensión

Fotografía de la isla de la Ascensión, de Drew Avery.

Los investigadores del estudio exponen un precedente de lo que quieren hacer: la isla de la Ascensión, la cual perdió gran parte de la cubierta vegetal original por la introducción de cabras de mano de los portugueses en el siglo XVI. Llegó a tal punto la pérdida, que cuando en el siglo XIX Darwin llegó a la isla, la consideró un “trozo de ceniza” (por su origen volcánico).

Pero a mediados del mismo siglo, el botánico Joseph Hooker propuso introducir especies de árboles para atrapar más humedad y sustentar un ecosistema más diverso. A finales de siglo se había creado un bosque nuboso con especies que nunca habían coincidido (pino, bambú y eucalipto) y, 20 años después, los manantiales tenían un excelente aporte de agua.

Con este precedente, los investigadores proponen trabajar con ecosistemas semiáridos, zonas que se sabe que son biestables (tienen dos fases completamente estables) y que pasado un punto crítico de no retorno pasan de un estado a otro. En este caso, pasan de ser semiáridos, con una cierta cubierta vegetal, a convertirse en desiertos (lo que le pasó al Sáhara en los últimos miles de años).

Para evitar llegar a ese punto crítico, los investigadores proponen el uso de organismos sintéticos que faciliten la estabilización de la cubierta vegetal en el suelo. El cómo lo pueden hacer no está claro, puesto que proponen organismos que mejoren la humedad del suelo o que faciliten la captación de nutrientes para las plantas, como el nitrógeno, de manera que estas toleren mejor el estrés y no disminuya la superficie ocupada por ellas.

Desierto del Sáhara

El Sáhara, aunque se formó hace unos pocos millones de años, ha alternado períodos de aridez extrema (como el actual) con períodos húmedos. Fotografía de Rich Holman.

La verdad es que sigue pareciendo ciencia ficción, por mucho que se explique. Quizá ese es, en el fondo, el secreto de este género: no la capacidad de maravillar y “predecir”, sino que nos ponga delante de la cara avances y/o sucesos que nos cuesten de creer, que parezcan imposibles. Pero que sabes, ahora más que nunca, que tarde o temprano existirán.

Quizá la ciencia ficción ahora sea más distópica que antes, pero este hecho está relacionado con lo que ocurre en el mundo, con el sentimiento de que todo se va a la mierda. Y esta representación futura del sentimiento presente, es lo que puede conseguir inspirar a los lectores/espectadores para buscar la manera de tener un futuro mejor para todos.

Un futuro que llegará, pero que tendrá la forma que le den los científicos, inventores y demás profesionales que se avanzan a su tiempo. Y si para tener un futuro mejor es necesario modificar ecosistemas para mantener su estabilidad, bienvenida sea la bioingeniería y alabados sean los pioneros en este campo, como los investigadores de este artículo.

DH

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