Cuento triste para el fin de los abejorros

Hace dos semanas que no publico y creo que eso es algo que no había ocurrido antes. Quizá en verano, pero por ganas de dar un respiro. Esta vez ha sido por no dar abasto y tener que frenar un poco para recuperar mi salud mental.

abejorro bombus affinis

Un abejorro de la especie Bombus affinis polinizando una flor. Fotografía de Dan Mullen.

Sí, la verdad es que he tenido un par de semanas muy duras y no me he visto con ánimo de sentarme y escribir para el blog. Y aunque esta semana, por corta que sea, tiene pinta de ser dura, no puedo estar más días sin publicar. No solo por mí, sino por los lectores, por vosotros.

Como reflejo de mis últimas semanas, hoy toca un relato triste. Está relacionado con la noticia que apareció hace unas semanas de que se había declarado protegida en Estados Unidos la primera especie de abejorro, Bombus affinis, y qué podíamos hacer, a nivel personal, para conseguir proteger a este abejorro, así como al resto de ellos y las abejas.

Como espero que muchos sepáis, su desaparición tendría consecuencias negativas para todos, así que es necesario proteger a los abejorros y las abejas. Estas consecuencias se plasman en el siguiente relato:

Un hombre delgado, extremadamente delgado, sucio, barbudo y con un abrigo andrajoso camina por un prado amarillo. Pero no es un prado de trigo ni de ningún otro cereal, es un prado seco, muerto. Lo único que acompaña al hombre es el sonido de sus propias pisadas arrastradas y de la brisa suave que mece el vacío.

La brisa se convierte repentinamente en un viento más fuerte y levanta una nube de polvo del prado seco que envuelve al hombre. Con tierra en los ojos y tosiendo roncamente, el hombre cae de rodillas al suelo. Entre un ataque de tos y otro, empieza a oír el rugido de sus tripas vacías. Desearía poder saciar su hambre a través de la autofagia, pero el ser humano no puede hacer este proceso.

Aún de rodillas, coge una brizna de hierba. Está dura y seca. Cuando la aprieta entre los dedos, se rompe en mil pedazos y se une al polvo del prado. Las lágrimas resbalan por su cara y ya no sabe si es por el polvo que le ha entrado o por su propia desesperación. Desesperación por ver el prado donde paseaba de niño: ese prado palpitante, lleno de vida, de insectos, golondrinas y hierba alta; ese prado que cambiaba de color a lo largo del año: del verde primaveral al blanco invernal, pasando por la gradación amarillenta de verano y otoño; ese prado donde las aves venían y se iban en su ciclo migratorio; ese prado bordeado de bosque donde encontró setas, frutos rojos y el amor, su primer amor. Ese prado era un ecosistema, vital, cíclico.

prado extinción

Imagen de un prado seco. Fotografía de John Twohig.

Pero ahora ese prado ya no existe, yermo, muerto, despojado de su alma, como el hombre, cuyo tiempo se ha quedado estático en un presente sin futuro. Y no solo él, todos los hombres, todas las mujeres, todos los niños, todos los viejos, viven este presente triste, vacío, sin esperanza. ¿Quién iba a decir que solo era necesario que desaparecieran las abejas y los abejorros?

Primero empezaron a desaparecer las flores salvajes, luego escasearon los árboles frutales y otros cultivos, después disminuyeron las aves insectívoras como las golondrinas, y detrás de ellas el resto de animales y plantas. Y, al final, los humanos.

Fue entonces cuando la especie humana entendió el significado de especie clave y vio que no estaba sola. Las abejas y abejorros eran necesarios para la polinización de las plantas y para el alimento de muchas otras especies, incluidos hombre, mujeres, niños, niñas, viejos y viejas.

Con menos alimento disponible, los humanos empezaron a pelearse entre sí. Fue claramente un vórtice de extinción, pero a nivel ecosistémico: todo lo que ocurría acercaba el abismo, sin poder evitarlo. La excepción fueron las zonas que se alimentaban del mar y, aunque pueden tener un triste futuro, siguen sin esperanza. O eso cree el hombre presa de su desesperación y angustia.

De su abrigo saca una pistola. No quiere mirar el arma, así que levanta la cabeza y pasea sus ojos por el prado seco y el bosque muerto que le rodea. Pero no ve esto: ve su antiguo prado, ese prado verde, blanco y amarillo a la vez, lleno de vida, de golondrinas y abejas, lagartos y escarabajos. Su prado. Y vuelve a llorar, pero esta vez por la morriña de los tiempos pasados. Su ilusión es tan real que hasta le parece oír el canto de las golondrinas y la música de las alas de un abejorro.

Sonríe. Se pone la pistola en la boca y aprieta el gatillo. La vida le sale por detrás de la cabeza y el hombre cae al suelo, mientras su cuerpo da color al prado. Una víctima más que se cobra.

Y como en esos juegos de azar en los que todo está perdido y solo se tiene la probabilidad de uno contra un millón de ganar, la música de las alas de un abejorro se hace audible en todo el prado. Un pequeño robot alado se acerca al cuerpo recientemente sin vida del hombre, lo sobrevuela, y sigue su camino. Parece que los humanos que vivían del mar no habían perdido la esperanza y han encontrado una solución.

Un año más tarde, el prado es ligeramente más verde. La materia orgánica del hombre dio fuerzas a un puñado de plantas para crecer y florecer. Y gracias a los abejorros robóticos, estas se han multiplicado. Y en un giro tragicómico de la historia, el hombre dio su vida para permitir el renacimiento del prado, de su prado. Lástima que no verá el resultado de su última elección.

DH

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